Calma

Los días comienzan simples y sencillos, basta con un sonido, una alarma, con un impulso, basta con un perro ladrando en mi banqueta. Los ojos se abren y los sentidos se encienden. La rutina continua, hago lo de siempre, lo mismo de ayer, lo mismo de mañana, lo mismo de casi todos los días.

Veo mi teléfono, checo notificaciones y me doy cuenta de un pequeño número ahí arriba de la pantalla, saco cuentas con ayuda de mis dedos y reacciono.

Han pasado 81 días desde la fiesta de año nuevo. 81 días desde que me prometí que neta esta vez sería diferente, que esta vez sería más interesante, que esta vez iba a hacer que todo funcionara y que abandonaría todo lo que se vuelve desgastante. Pero no sé qué sucede, no sé qué rayos pasa conmigo, ni siquiera comprendo todo lo que ha sucedido.

Me pongo sobre mis pies, estos pies que me han aguantado en tantos caminos, tantas en travesías, que han pisado tantos buenos lugares y que han soportado también todos mis viajes mentales. A veces los volteo a ver y me los imagino diciéndome, a donde nos vas a llevar hoy, siento que tratan de decirme que no vuelva a ese lugar que nos lastimo y que está ya muy lejos de donde estoy.

Me prometí que estaría más en calma, que alimentaria más mi alma, que me pondría estándares demasiado altos, que movería todas rocas que me impiden dar los saltos. Siempre me dijeron que después de la tormenta viene la calma, pero a golpes aprendí que algunas veces un mal sobre otro mal se empalma, que después de la tormenta lo que viene no es la calma si no un huracán inmensamente insoportable, y que aunque el mundo esta tan cerca, la mayoría del tiempo, sentirás que no hay nadie.

Camino por el valle de las sombras, camino por el laberinto de los desleales, y aunque he ignorado al cielo tantas veces y volteado a otros sitios, siempre su mano sigue salvándome de los precipicios. Y aunque esto se llama calma, la realidad es que no estoy nada tranquilo. Y aunque siempre busco a paz, la realidad es que a veces ni siquiera siento que esto tenga sentido.

Pero hay una energía que quema por dentro, que difumina el dolor, que deja escapar todo el rencor, que me libera de la presión, que quita de mi mente toda la tensión. Hay un fuego que arde en mi pecho que me devuelve el aliento, que cambia mi calma pasajera por una calma fuera de este planeta, es un estado diferente, por primera vez siento no estoy ausente, hasta entonces comprendo que la calma no es un estado físico, es un estado mental y espiritual. Porque aunque mi cuerpo está quieto, mi alma sigue ardiendo.

Tal vez lo que diga tenga sentido, o tal vez no signifique nada. Ni siquiera sé si sea real, solo son las #AnécdotasDeUnaMente.

- Eliu Benammi

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